lunes, 21 de enero de 2013

Ahí está, sentado en un sofá, recién duchado, relajado, sonriente. Feliz. Se le ve más tranquilo que nunca, con ese aire de timidez que siempre le acompaña, pero con un punto más maduro. No es una cuestión de años. Es algo que nace más en su interior, en una fase de la vida que le ha cambiado por fuera y que parece que le lleva a sonreír mucho más que antes, pero sobre todo que le ha cambiado por dentro. Leo Messi, la leyenda de los cuatro Balones de Oro, el mito que nadie es capaz de adivinar hasta dónde llegará, el mejor futbolista de la historia y uno de los más grandes deportistas de todos los tiempos, el joven que se desvive por una pelota -su motor durante 25 años-, siente ahora un amor mucho más profundo. Por primera vez, el fútbol no es lo más importante de su vida. Hay alguien que está por delante: Thiago, su hijo de cuatro meses.

Una semana después de volver a ser el rey del mundo, con ese cuarto Balón de Oro que lo sitúa por encima de Johan Cruyff, Michel Platini y Marco van Basten, Messi se presenta a la cita con EL PERIÓDICO DE CATALUNYA con una sencillez y una naturalidad imposible de explicar. Casi hay que tocar para creer que este chico que se sonroja ante alguna pregunta y que ríe con ganas por algún comentario o durante la sesión fotográfica es Messi de verdad. Pero sí, lo es. Vaya si lo es. Esa es también su grandeza. Y, como gran símbolo que es de una era excepcional, esa es también la grandeza de este Barça.

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